Desde que la empresa anunció que el teletrabajo dejaría de ser obligatorio, Renata no ha dejado de pensar en qué decisión tomar. Su jefe le ha propuesto dos opciones: volver a la oficina cuatro días a la semana o continuar trabajando desde casa, aunque esto último implicaría renunciar a ciertos beneficios, como el bono de transporte.
Renata lleva casi tres años trabajando desde su apartamento y, con el tiempo, ha desarrollado una rutina que le funciona bien. Empieza a trabajar temprano, hace pausas para cocinar y, por las tardes, tiene tiempo de sobra para hacer ejercicio. Sin embargo, también reconoce que a veces se siente aislada y que extraña las conversaciones espontáneas con sus compañeros.
Su amiga Beatriz, que regresó a la oficina hace unos meses, le insiste en que es importante que vuelva.
—Entiendo que estés cómoda en casa —le dijo Beatriz durante el almuerzo—, pero dudo que puedas construir buenas relaciones profesionales si nunca ves a nadie en persona. Además, no creo que sea sano pasar tantas horas solas frente a la pantalla.
Renata reconoce que su amiga tiene razón en algunos puntos, pero no está convencida de que la oficina sea la única solución. Le preocupa perder la flexibilidad que le permite cuidar a su madre, quien vive sola y necesita ayuda con frecuencia.
Después de varios días de dudas, Renata decidió proponerle a su jefe un plan intermedio: ir a la oficina dos días a la semana, para mantener el contacto con el equipo, y trabajar desde casa el resto del tiempo.
Para su sorpresa, su jefe aceptó la propuesta sin poner objeciones. Le explicó que lo que más le importaba a la empresa no era dónde trabajaran los empleados, sino que cumplieran con sus responsabilidades y se sintieran motivados.
Renata salió de esa reunión con una sensación de alivio. Había encontrado, al menos por ahora, un equilibrio entre lo que necesitaba su carrera y lo que necesitaba su vida personal.