Cuando Diego tenía doce años, su familia se mudó a un barrio nuevo al otro lado de la ciudad. Al principio, no le gustaba nada la idea de dejar a sus amigos y su antigua escuela.
El primer día en la casa nueva, Diego se sentía triste y no quería salir de su habitación. Todo era desconocido: las calles, los sonidos, incluso el olor del aire era diferente.
Sin embargo, al día siguiente, mientras ordenaba sus libros, escuchó una voz desde el jardín de al lado.
—¡Hola! Me llamo Rodrigo. Vivo aquí desde que nací. ¿Quieres jugar fútbol con nosotros esta tarde?
Diego dudó un momento, pero decidió aceptar la invitación. Esa tarde conoció a varios chicos del barrio y descubrió que, aunque el lugar era nuevo, las personas eran muy amables.
Con el paso de las semanas, Diego empezó a explorar el barrio. Encontró una panadería con un pan delicioso, un parque con una cancha de básquetbol y una biblioteca pequeña donde podía estudiar en silencio.
Poco a poco, hizo nuevos amigos en su nueva escuela también. Aunque todavía extrañaba a sus amigos anteriores, hablaba con ellos por videollamada casi todos los fines de semana.
Un año después, cuando alguien le preguntaba dónde vivía, Diego respondía con orgullo el nombre de su nuevo barrio. Ya no se sentía como un extraño; se sentía como en casa.
Diego aprendió que, aunque los cambios pueden dar miedo al principio, muchas veces traen cosas buenas que uno no esperaba.